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El Arquitecto Umberto Eco en “La Estructura Ausente” presenta una visión diferente de la Arquitectura:
"Así pues, el arquitecto se ve obligado continuamente a ser algo distinto, para construir. Ha de convertirse en sociólogo, político, psicólogo, antropólogo, semiótico... Y la situación no cambia si lo hace trabajando en equipo, es decir, haciendo trabajar con él a sociólogos, antropólogos, políticos, semióticos...
Obligado a descubrir formas que constituyan sistemas de exigencias sobre los cuales no tiene poder, obligado a articular un lenguaje, la arquitectura, que siempre ha de decir algo distinto de sí mismo (lo que no sucede con la lengua verbal, que a nivel estético puede hablar de sus propias formas, ni en la pintura, que como pintura abstracta puede hablar de sus propias leyes y menos aun en la música que solamente organiza relaciones sintácticas internas de su propio sistema), el arquitecto está condenado, por la misma naturaleza de su trabajo, a ser con toda seguridad la única y última figura humanística de la sociedad contemporánea: obligado a pensar en la totalidad precisamente en la medida en que es un técnico sectorial, especializado, dedicado a operaciones específicas y no a hacer declaraciones metafísicas."
La enseñanza de la arquitectura requiere, según esta tendencia, incluir conocimientos propios de su autonomía disciplinar y conocimientos diversos que apoyan la naturaleza heterónoma de su práctica. Representar, proyectar y construir son ámbitos claramente autónomos, propios de la arquitectura. Sin embargo, la capacidad de pensar, analizar, es, por el contrario, un campo muy amplio cuya extensión es acorde con la magnitud posible del mundo de la arquitectura.
Cuando concebimos un programa académico podemos limitarnos a los ámbitos propios de la arquitectura o incluir conocimientos de otras disciplinas. El texto conocido más antiguo en el que se encuentran indicaciones directas para la formación del arquitecto es De Architectura, conocido también como los Diez Libros de Arquitectura de Vitruvio, escrito en el siglo I de la era actual. En el primer párrafo del primer libro se encuentra el siguiente planteamiento:
"El arquitecto debería estar equipado con el conocimiento de muchas ramas de estudio y varias clases de saber, porque es mediante su juicio que es puesto a prueba todo el trabajo hecho por las otras artes. Este conocimiento es el hijo de la práctica y de la teoría. La práctica es el ejercicio continuo y regular del empleo en el que se hace el trabajo manual con cualquier material necesario, de acuerdo con el trazado de un dibujo. Teoría, por otra parte, es la habilidad para demostrar y explicar los resultados de la destreza en los principios de la proporción."
El párrafo citado explica lo que pudo ser la concepción del arquitecto en la Roma clásica, la cual fue retomada e interpretada durante el Renacimiento italiano e influyó definitivamente en la construcción del paradigma occidental que perdura todavía.
A esa concepción se opuso, durante siglos, la presencia del Maestro Mayor medieval, mucho más ligado al trabajo en la obra, mucho más centrado en la experiencia.
En los Diez Libros de Arquitectura por León Battista Alberti a finales del siglo XV, se reafirma definitivamente la concepción humanística del arquitecto y se añaden otras consideraciones.
Alberti afirmó: "Las Artes que son útiles y verdadera y absolutamente necesarias para el Arquitecto son la Pintura y las Matemáticas. No le exijo que sea profundamente erudito en el resto, porque pienso que es ridículo, como cierto Autor, esperar que un Arquitecto sea un Abogado muy profundo.... Tampoco necesita ser un perfecto Astrónomo... ni un gran Músico... Tampoco pido que sea un Orador... pero la Pintura y las Matemáticas son imprescindibles"..
Si se toma el texto de Alberti como ejemplo del modelo renacentista de formación del arquitecto, se puede concluir que en él se plantea una forma temprana del dualismo arte-ciencia que caracterizará el debate occidental acerca del carácter de la arquitectura y de su enseñanza.
Cronológicamente, entre los planteamientos humanistas de Vitruvio y los de Alberti, se encuentra la escuela medieval basada en la relación directa maestro-aprendiz en la obra misma y mediante el adiestramiento en técnicas particulares.
Los conocimientos adquiridos de los maestros no se ofrecían en ninguna escuela formal y mucho menos en las universidades, por lo tanto debieron ser aprendidos como una parte complementaria de la práctica. Esta forma de aprendizaje apareció en las corrientes medievales del siglo XIX y tuvo posteriormente consecuencias importantes en algunas de las propuestas pedagógicas de comienzos del siglo XX.
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En relación con la formación profesional del arquitecto, existieron otras tendencias. Uno de los métodos estaba basado en la composición como saber esencial. El siguiente párrafo lo explica:
"Después de todo lo que hemos dicho, se debe dar uno cuenta de cómo el estudio de la arquitectura, reducido a un pequeño número de ideas generales y fecundas, a un número poco considerable de elementos pero que bastan para la composición de todos los edificios; a algunas combinaciones simples y poco numerosas, pero cuyos resultados son tan ricos y tan variados como los de las combinaciones de los elementos de lenguaje; se debe dar uno cuenta, digo, de cómo semejante estudio debe ser a la vez provechoso y sucinto; de cómo debe ser apropiado para dar a los alumnos habilidad para componer bien todos los edificios, incluso aquellos de los que no hubieran oído hablar jamás, y al mismo tiempo para hacer desaparecer los obstáculos que la brevedad del tiempo parecía oponerles.”
Esta cita separa dos ideas fundamentales en la formación del arquitecto: composición y construcción. Esto equivale, en cierta forma, al actual conjunto académico de construcción y diseño.
Formar arquitectos es bastante complejo, no se alcanza en un proceso convencional de enseñanza-aprendizaje. Requiere disposición de quien recibe y entusiasmo de quien entrega. Trasciende los límites de las asignaturas y se expande en la personalidad de los docentes y de los estudiantes y en la capacidad de la institución académica para ofrecer estímulos a la sensibilidad y a la inteligencia con los cuales neutralizar la dominación de la mediocridad difundida y sustentada por la cultura comercial de masas.
Una escuela de arquitectura exige ser algo más que un conjunto de instalaciones físicas, un programa académico y una planta de personal docente. Es un conjunto complejo de cosas y como tal, su inutilidad o su eficacia se proyectan inmediatamente en la formación que imparte.
Formar arquitectos es bastante complejo, no se alcanza en un proceso convencional de enseñanza-aprendizaje. Requiere disposición de quien recibe y entusiasmo de quien entrega. Trasciende los límites de las asignaturas y se expande en la personalidad de los docentes y de los estudiantes y en la capacidad de la institución académica para ofrecer estímulos a la sensibilidad y a la inteligencia con los cuales neutralizar la dominación de la mediocridad difundida y sustentada por la cultura comercial de masas.
Una escuela de arquitectura exige ser algo más que un conjunto de instalaciones físicas, un programa académico y una planta de personal docente. Es un conjunto complejo de cosas y como tal, su inutilidad o su eficacia se proyectan inmediatamente en la formación que imparte.
La oferta académica de una escuela de arquitectura pone de manifiesto su interés o indiferencia hacia el tipo de profesional que egresa de sus aulas. Unas de ellas favorecen los conocimientos técnicos, otras ofrecen mayor énfasis en el diseño como al área más importante. En algunas de ellas se cuenta con fuertes áreas de investigación histórica y teórica, lo que las diferencia bastante del promedio.
La función esencial de las Escuelas de Arquitectura hoy en día es la de formar ideas, criterios y valores para un mejor desempeño profesional, ya que la cantidad de conocimientos, la diversidad de formas en las que se propaga y la avanzada tecnología actual permiten obtener conocimientos de Arquitectura en otros lugares.
Una enseñanza informatizada es viable en países con alto grado de desarrollo tecnológico donde el manejo de la información alcanza niveles realmente altos.
En la República Dominicana las facultades de Arquitectura son todavía los únicos lugares donde se encuentra la posibilidad de formarse como Arquitectos.
Otra diferencia entre la manera de ensenar entre una institución y otra se encuentra en la forma de ofrecer el conocimiento, especialmente en el grado de participación del estudiante en su propia formación. En algunas universidades se favorece el trabajo individual del estudiante. Los profesores asumen en la mayoría de las asignaturas un carácter tutorial mientras que los estudiantes operan como investigadores, es decir, tienen a su cargo la responsabilidad de desarrollar temáticas y resolver problemas.
En otras, por el contrario existe una fuerte relación de dependencia entre estudiantes y profesores. Se favorecen las cátedras magistrales, las que toman la mayor parte del tiempo académico, en vez de la autoformación.
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