"Ornamento y Delito" por Adolf Loos. PDF Imprimir Correo
Escrito por Angela Patricia   
Sábado, 24 de Octubre de 2009 23:21

"Ornamento y Delito" por Adolf Loos

         

 

En “Ornamento y Delito” de Adolf Loos, el autor usa como ejemplo el gusto del papúa por la ornamentación para explicar que el impulso de ornamentarse es el primer origen de las artes plásticas. La primera obra de arte fue creada para despojarse.

 

Para Loos la evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual.

 

Todo objeto creado por el género humano miles de años atrás sin ornamentos fue despreciado y se destruyó. Por otra parte, los objetos ornamentados, aunque no tuvieran gran valor, fueron conservados.

 

Cada época tiene su estilo, afirma el autor. Anteriormente, con estilo se quería decir ornamento. Lo que constituye la grandeza de la época de Loos es que en ella no es posible realizar un ornamento nuevo. Esto se debe a que se venció el ornamento. El ser humano pudo dominarse a si mismo hasta el punto de que no hay ornamentos.

 

Pero existen los malos espíritus incapaces de tolerarlo. Entre ellos el Estado, que  buscó retrasar a los pueblos en su evolución cultural y se encargó de la reanudación del ornamento. Adolf Loos ve en esto un retroceso.

 

Para él, el ornamento no aumenta la alegría de vivir. El hombre del siglo XV no lo entendería, pero sí lo harían los hombres modernos.

 

Considera que nadie, ni siquiera el Estado, puede detener la evolución de la humanidad, sólo retrasarla. El redespertar de la ornamentación causaría un enorme daño y devastaciones. Sería un delito para la economía del pueblo que, a través de ello, se pierda el trabajo, el dinero y el material humanos. Ni siquiera el tiempo podría compensar los daños.

 

El ritmo de la evolución cultural sufre a causa de los rezagados. Es una desgracia para un Estado que la cultura de sus habitantes abarque un período de tiempo tan grande.

 

Estos rezagados retrasan la evolución cultural de los pueblos y de la humanidad.

 

El hombre del siglo XX será cada vez más rico, el del siglo XVIII cada vez más pobre. El hombre del siglo XX puede cubrir sus exigencias con un capital mucho más pequeño y por ello se encuentra con la capacidad de ahorrar.

 

Es mucho mayor el daño que padece el pueblo productor a causa del ornamento, ya que el ornamento no es un producto natural de nuestra civilización. El ornamento representa un retroceso o una degeneración.

 

El trabajo del ornamentista se deja de pagar como es debido. El ornamento encarece, por regla general, el objeto; sin embargo se paga por él mucho menos que un objeto no ornamentado. La carencia de ornamento tiene como consecuencia una reducción de las horas de trabajo y un aumento del sueldo.

 

Loos vislumbra que a lo mejor en unos miles de años no exista ningún tipo de ornamento. El ornamento ya no pertenece a la civilización moderna desde el punto de vista orgánico y por lo tanto tampoco lo es la expresión de ella. El ornamento que se crea en esa época ya no tiene relación alguna con la ordenación del mundo por no ser capaz de evolucionar.

 

El cambio del ornamento trae consigo una pronta desvaloración del producto del trabajo.

 

La forma de un objeto debe ser tolerable al tiempo que dure físicamente.

 

La pérdida ocasionada por el ornamento no sólo afecta a los consumidores, sino, sobre todo a los productores. Si todos los objetos pudieran durar tanto desde el punto de vista estético como desde el físico, el consumidor podría pagar un precio que posibilitara que el trabajador ganara más dinero y tuviera que trabajar menos.

 

Alguien que viva en el nivel cultural en el cual se encontraba Adolf Loos no puede crear ningún ornamento. Los hombres modernos pueden considerar los ornamentos del pasado como signos de superioridad artística de las épocas pasadas, sin embargo alguien que viva en su nivel cultural no puede crear ningún tipo de ornamento.

 

Adolf Loos predica para el aristócrata, el hombre que se halla en la cima de la humanidad y sin embargo, comprende las exigencias del inferior. Afirma que el ornamento moderno no tiene pasado ni futuro.

 

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