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Los arquitectos requieren de largos procesos de aprendizaje para lograr ser reconocidos como profesionales y, entre otras cosas, para ser profesores de las generaciones siguientes.
Es común señalar los problemas que se presentan en las instituciones que ofrecen la enseñanza formal de la arquitectura y no es fácil destacar sus cualidades.
En cada continente, en cada país, en cada ciudad, día a día se estructuran programas pedagógicos y se dictan asignaturas dentro de los parámetros internacionalmente aceptados que permiten homologar y acreditar el valor profesional del titulo de arquitecto.
La globalización y la internalización de la profesión inciden sobre la estructuración de los programas pedagógicos y se imponen la hegemonías, no siempre deseables, de los países que considerados como las potencias mundiales de la arquitectura, los que atraen estudiantes de todo el mundo con el interés de cursar estudios de pregrado y de posgrado al más alto nivel.
La estructura convencional de un programa formal de enseñanza de la arquitectura se basa en supuestos relativamente simples, derivados de convenciones internacionales que se repiten más por conveniencia que por convicción.
Según esos supuestos, para convertirse en arquitecto un estudiante requiere adquirir conocimientos y habilidades en cuatro campos básicos: la proyectación (diseño), la técnica (estructuras y construcción), la expresión (geometrías y dibujo) y la historia de la arquitectura.
El saber teórico en sus distintas manifestaciones hace parte de una mezcla a veces confusa en la que figuran también conocimientos ambientales, urbanos y de índole sociocultural. Para ello se crean áreas de teoría, urbanismo, humanidades o estudios generales.
Se utilizan diferentes combinaciones de estas materias en los programas académicos. La duración de la carrera y la manera de ofrecerla, varían de acuerdo con la entidad correspondiente.
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La orientación de la estructura y de los contenidos de un programa académico depende de la delimitación del de cada una de las disciplinas de la arquitectura. Existe relación entre la arquitectura y otros campos del saber y relación entre la enseñanza y la práctica. Esta correspondencia puede ser o no tomada en cuenta a la hora de elaborar un pensum.
De ello depende también el perfil del profesional que se intenta formar en un centro docente. La autonomía aboga por una independencia de conocimientos y de actitudes hacia el entorno. La heteronomía de los programas arquitectónicos, por el contrario, puede generar responsabilidades adicionales y se compromete con causas ajenas a la Arquitectura.
Por otro lado, el entendimiento de la heteronomía genera contactos con otras maneras de entender el mundo; la defensa exagerada de la autonomía provoca cierta indiferencia y centra el interés en todo aquello que se considera propio y exclusivo de la profesión.
Es importante tener en cuenta que la arquitectura no es una disciplina autónoma, ya que depende tanto de las matemáticas como del arte. Hacer arquitectura responde a necesidades, es influida por condiciones del medio natural y cultural y afecta directa e indirectamente la vida individual y colectiva. Como disciplina reflexiva, la arquitectura posee una dimensión de autonomía en su saber. Su práctica es bastante menos autónoma, puesto que se orienta a responder con obras específicas las demandas provenientes del medio en el cual se ejerce.
La teoría de la consagración de la autonomía disciplinar se proyecta en ciertas actitudes pedagógicas que buscan formar un arquitecto químicamente puro, no contaminado por indeseables presencias de otros campos del saber. En esa concepción, el arquitecto es un diseñador de edificios, un productor de objetos arquitectónicos concebidos en una especie de vacío absoluto, donde los asuntos ambientales, sociales y culturales no penetran. Existen otras formas de ver la Arquitectura. La forma de pensar sobre la Arquitectura incide en la forma de enseñarla a los demás.
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